El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Iba siempre recelosa, intranquila por si la espiaban. Todas las mañanas le pedía a Nuestra Señora del Buen Viaje que la librase de los malos encuentros; y si veía a un pobre le daba invariablemente limosna para halagar los gustos de Nuestro Señor, amigo de los mendigos y los vagabundos. Lo que la asustaba era el Largo de la Catedral, sobre el que Amparo la de la botica, cosiendo tras la ventana, ejercía una vigilancia incesante. Se encogía entonces en su manteleta e, inclinando el quitasol sobre el rostro, entraba finalmente en la catedral, siempre con el pie derecho.