El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Se encontraban todas las semanas, una o dos veces, de modo que sus visitas caritativas a la paralítica completasen a final de mes el número simbólico de siete, que se correspondería, en la idea de las devotas, a las «siete lecciones de María». Las vísperas, el padre Amaro avisaba al tío Esguelhas, que dejaba la puerta de la calle sólo arrimada, después de haber barrido toda la casa y preparado la habitación para la plática del señor párroco. Esos días Amélia se levantaba temprano; siempre tenía alguna enagua que planchar, algún lazote que componer, a su madre le extrañaban aquellos emperifollamientos, el derroche de agua de colonia con que se inundaba; pero Amélia explicaba que «era para inspirarle a la Totó ideas de aseo y frescura». Y ya vestida, se sentaba, esperando las once, muy seria, respondiendo distraídamente a la charla de su madre, con un rubor en las mejillas, los ojos fijos en las agujas del reloj: por fin la vieja matraca gemía gravemente las once y ella, después de una miradita al espejo, salía, dándole un sonoro beso a la mamá.






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