El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero lo que le encantaba era que ni las viejas, ni los padres, ni nadie de la sacristía sospechaba de sus rendez-vous con Amélia. Aquellas visitas a la Totó habían pasado a formar parte de las costumbres de la casa; les llamaban «las devociones de la pequeña»; y no le pedían detalles, por el principio beato de que las devociones son un secreto que se tiene con Nuestro Señor. Sólo de vez en cuando alguna de las señoras le preguntaba a Amélia cómo marchaba la enferma; ella aseguraba que estaba muy cambiada, que comenzaba a abrir los ojos a la ley de Dios; entonces, con mucha discreción, pasaban a hablar de otras cosas. Existía apenas el plan vago de ir algún día en romería, más tarde, cuando la Totó supiese bien su catecismo y, por la eficacia de la oración, se hubiese hecho buena, a admirar la obra santa de Amélia y la humillación del enemigo.
La propia Amélia, ante esta confianza tan amplia en su virtud, propuso un día a Amaro, como algo muy hábil, decirles a las amigas que a veces el señor párroco asistía a la práctica piadosa que ella hacía con la Totó…
—Así, si alguien te sorprendiese entrando en casa del tío Esguelhas, no habría sospechas.
—No me parece necesario —dijo él—. Dios está con nosotros, hija, está claro. No intentemos entrometernos en sus planes. Él ve más lejos que nosotros…