El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Ella estuvo de acuerdo, como con todo lo que salía de sus labios. Desde la primera mañana en casa del tío Esguelhas, se le había abandonado absolutamente, por entero, cuerpo, alma, voluntad y sentimiento: no había en su piel un pelillo, no corría en su cerebro una idea, ni la más mínima, que no perteneciese al señor párroco. Aquella posesión de todo su ser no la había invadido gradualmente; había sido total en el momento en que sus fuertes brazos se habían cerrado sobre ella. Parecía que sus besos le habían sorbido, agotado el alma, que era ahora como una dependencia inerte de su persona. Y no lo ocultaba; gozaba humillándose, ofreciéndose continuamente, sintiéndose totalmente suya, completamente esclava; quería que él pensase por ella y viviese por ella; había descargado en él, con satisfacción, aquel fardo de la responsabilidad que siempre le había pesado en la vida; sus juicios ahora llegaban formados desde el cerebro del párroco, tan naturalmente como si saliese del corazón de él la sangre que le corría por las venas. «El señor párroco quería o el señor párroco decía» era para ella una razón completamente suficiente y poderosa. Vivía con los ojos puestos en él, en una obediencia de animal; sólo tenía que inclinarse cuando él hablaba y cuando llegaba el momento de desabrocharse el vestido.



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