El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro gozaba enormemente de esta dominación; ella lo resarcía de todo un pasado de dependencias: la casa de su tío, el seminario, la sala blanca del señor conde de Ribamar… Su existencia de cura era un arqueamiento humilde que le fatigaba el alma; vivía de la obediencia al señor obispo, al cabildo, a los cánones, a la Regla que ni le permitía tener un criterio propio en sus relaciones con el sacristán. Y ahora, por fin, tenía allí a sus pies aquel cuerpo, aquella alma, aquel ser vivo sobre el que reinaba con despotismo. Pasaba los días, por su profesión, alabando, adorando e incensando a Dios. Ahora también él era el Dios de una criatura que lo temía y se le entregaba puntualmente. Por lo menos para ella era bello, superior a los condes y a los duques, tan digno de la mitra como los más sabios. Ella misma, un día, le había dicho, tras haber permanecido un momento pensativa:
—¡Tú podías llegar a Papa!
—De esta materia se hacen —respondió él con seriedad.