El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ella lo creía, todavía temerosa de que las altas dignidades lo apartasen de su lado, que se lo llevasen lejos de Leiría. Aquella pasión, en la que estaba embebida y que la colmaba, la había vuelto torpe y obtusa hacia todo lo que no tenía relación con el señor párroco o con su amor. Por lo demás, Amaro no le consentía intereses, curiosidades ajenas a su persona. Hasta le prohibía que leyese novelas y poesías. ¿Para qué se iba a hacer sabihonda? ¿Qué le importaba lo que pasaba en el mundo? Un día que ella había hablado con alguna ilusión de un baile que iban a dar los Via-Clara, se ofendió como si fuese una traición. Le hizo en casa del tío Esguelhas acusaciones tremendas: era una vanidosa, una perdida, ¡una hija de Satanás!…
—¡Pues te mato! ¿Entiendes? ¡Te mato! —había exclamado, cogiéndola por las muñecas, fulminándola con la mirada de fuego.