El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Ahora que se ha ordenado creo en conciencia que debo darle cuenta del estado de sus asuntos, pues quiero cumplir hasta el final el mandato con que cargó mis débiles hombros nuestra llorada marquesa, concediéndome el honor de administrar el legado que le dejó. Porque, aunque los bienes mundanos poco deban importar a un alma consagrada al sacerdocio, son siempre las buenas cuentas las que hacen los buenos amigos. Sabrá pues, querido hijo, que el legado de la querida marquesa —hacia quien debe guardar en su alma gratitud eterna— está completamente exhausto. Aprovecho esta ocasión para decirle que después de la muerte de su tío, su tía, una vez liquidado el negocio, se adentró en un camino que el respeto me impide calificar: cayó bajo el imperio de las pasiones, se unió ilegítimamente, vio sus bienes perdidos a la par que su pureza y hoy regenta una casa de huéspedes en la Rua dos Calafates número 53. Si toco estas impurezas, cuyo conocimiento resulta tan impropio para un joven sacerdote, es porque quiero darle cabal noticia de su respetable familia. Su hermana, como sin duda ya sabe, hizo una boda rica en Coimbra, y aunque en el matrimonio no es el oro lo que debemos apreciar, es sin embargo importante para futuras circunstancias que usted, querido hijo, esté al corriente de este hecho. Sobre lo que me escribió nuestro querido rector respecto a enviarlo a usted a la parroquia de Feirão, en A Gralheira, voy a hablar con algunas personas importantes que tienen la enorme bondad de atender a un pobre sacerdote que sólo pide a Dios misericordia. Con todo, espero conseguirlo. Persevere, querido hijo mío, en los caminos de la verdad, de la que me consta que su buena alma está repleta, y piense que en este santo ministerio nuestro se encuentra la felicidad cuando llegamos a comprender cuántos son los bálsamos que extiende sobre el pecho y cuántos los consuelos que produce el servicio a Dios. Adiós, querido hijo y nuevo colega. Sepa que mis pensamientos estarán siempre con el pupilo de nuestra llorada marquesa, quien, con toda seguridad, desde el cielo al que la elevaron sus virtudes, suplica a la Virgen a la que tanto sirvió y amó la felicidad de su amado pupilo.


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