El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro casi envidiaba a los estudiosos: al menos ellos estaban contentos, estudiaban sin descanso, garabateaban notas en el silencio de la espaciosa biblioteca, eran respetados, usaban gafas, tomaban rapé. Él mismo tenía a veces ambiciones súbitas de ciencia; pero ante los vastos infolios le sobrevenía un tedio insuperable. Era, no obstante, devoto: rezaba, tenía una fe ilimitada en ciertos santos, un angustioso temor de Dios. ¡Pero odiaba la clausura del seminario! La capilla, los sauces llorones del patio, las comidas monótonas en el enorme refectorio enlosado, los olores de los pasillos, todo aquello le causaba una tristeza irritada: le parecía que sería bueno, puro, creyente, si estuviese en la libertad de una calle o en la paz de una casa de campo, fuera de aquellas negras paredes. Adelgazaba, sufría continuos sudores; y el último año, después de los pesados servicios de Semana Santa, cuando empezaban los calores, ingresó en la enfermería con una fiebre nerviosa.
Finalmente se ordenó por las témporas de san Mateo; y poco tiempo después recibió, todavía en el seminario, esta carta del señor padre Liset:
Mi querido hijo y nuevo colega: