El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ella entonces, moviéndose con una cautela solemne, se acercó al espejo de la sacristía, un espejo antiguo de reflejos verdosos, con un marquito negro de roble labrado y una cruz en la parte de arriba. Se vio un momento, en aquella seda azul celeste que la envolvía por completo, rociada por el brillo agudo de las estrellas, de una magnificencia sideral. Notaba su gran peso. La santidad que el manto había adquirido al contacto con los hombros de la imagen la penetraba de una voluptuosidad beata. Un fluido más dulce que el aire de la tierra la envolvía, haciéndole pasar por el cuerpo la caricia del éter del paraíso. Le parecía ser una santa sobre las andas, o más arriba, en el cielo…
A Amaro le caía la baba:
—¡Oh, queridita, eres más hermosa que la Virgen!
Ella miró vivamente el espejo. Cierto, era hermosa. No tanto como la Virgen… Pero con su rostro trigueño de labios rojos, iluminado por aquel rebrillar de sus ojos negros, si estuviese sobre el altar, con el órgano tocando himnos y una adoración susurrante alrededor, haría palpitar muy fuerte el corazón de los fieles…