El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Entonces Amaro se acercó a ella por detrás, le rodeó el pecho con sus brazos, la abrazó… y buscando con sus labios los de ella, le dio un beso mudo, muy largo… Los ojos de Amélia se cerraban, la cabeza se le iba hacia atrás, pesada de deseo. Los labios del cura no la soltaban, ávidos, sorbiéndole el alma. Su respiración se aceleraba, le temblaban las rodillas, y con un gemido se desvaneció sobre el hombro del cura, descolorida y muerta de placer.

Pero de repente se enderezó, fijó su vista en Amaro, parpadeando, como si despertase de un largo sueño; una ola de sangre le quemó el rostro.

—¡Oh, Amaro, qué horror, qué pecado!

—¡Qué tontería! —dijo él.

Pero ella se desprendía del manto, muy afligida:

—¡Sácamelo, sácamelo! —gritaba, como si la seda la quemase. Entonces Amaro se puso muy serio. Ciertamente no se debía jugar con cosas sagradas…

—Pero no está bendita… No hay duda…

Dobló el manto cuidadosamente, lo envolvió en la sábana blanca, lo metió en el cajón, sin una palabra. Amélia lo miraba petrificada, y sólo sus labios pálidos se movían en una oración.

Cuando finalmente él le dijo que eran horas de ir a casa del campanero, retrocedió, como si la estuviese llamando el demonio.

—¡Hoy no! —exclamó, implorando.


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