El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Sí insistió. Realmente aquello era llevar demasiado lejos la gazmoñería… Ella sabía perfectamente que no era pecado, cuando las cosas no estaban benditas… Había que ser muy pobre de espíritu… ¡Qué demonio, sólo media hora, o un cuarto de hora!
Ella, sin responder, iba acercándose a la puerta.
—¿Entonces no quieres?
Ella se volvió con ojos suplicantes.
—¡Hoy no!
Amaro se encogió de hombros. Y Amélia atravesó rápidamente la iglesia, cabizbaja y con los ojos en las baldosas, como si pasase entre las amenazas cruzadas de los santos indignados.
A la mañana siguiente, la Sanjoaneira, que estaba en el comedor, al oír que subía el señor canónigo resoplando fuerte, fue a recibirlo a la escalera y se encerró con él en la salita.