El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Quería contarle el disgusto que había tenido aquella madrugada. Amélia se había despertado de repente, ¡gritando que la Virgen le estaba pisando el cuello!, ¡que se ahogaba!, ¡que la Totó la quemaba por detrás! ¡Y que las llamas del infierno subían más alto que la torre de la catedral!… En fin, ¡un horror! Se la había encontrado en camisón, corriendo por la habitación como una loca. Y poco después le había dado un ataque de nervios. Toda la casa estuvo alborotada… Ahora la pobre chiquilla estaba en cama y en toda la mañana apenas había tomado una cucharada de caldo.
—Pesadillas —dijo el canónigo—. ¡Indigestión!
—¡Ay, no, señor canónigo! —exclamó la Sanjoaneira, que parecía muy preocupada, sentada ante él en el borde de una silla—. Es otra cosa: ¡son esas desgraciadas visitas a la hija del campanero!