El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Y entonces se desahogó, con la efusión verbal de quien abre los diques a un descontento acumulado. Nunca había querido decir nada porque, en fin, reconocía que era una gran obra de caridad. Pero, desde que había empezado aquello, la muchacha parecía trastornada. Últimamente, andaba de todas las maneras. Ahora alegrías sin motivo, ahora unas caras de dar pena hasta a los muebles. De noche, la oía pasear por la casa hasta tarde, abrir las ventanas… A veces hasta le daba miedo verle la mirada tan rara: cuando venía de casa del campanero estaba siempre blanca como la cal, se caía de debilidad. Tenía que tomar siempre un caldo… En fin, se decía que la Totó tenía el demonio en el cuerpo. Y el señor chantre, el otro, el que había muerto, Dios lo tenga en su gloria, solía decir que en este mundo las dos cosas que más se prendían de las mujeres eran la tisis y el demonio en el cuerpo. Por eso, le parecía que no debía permitir que la pequeña fuese a casa del campanero sin estar segura de que aquello ni le dañaba la salud ni le perjudicaba el alma. En fin, quería que una persona juiciosa, con experiencia, fuese a examinar a la Totó…

—En una palabra —dijo el canónigo, que había escuchado con los ojos cerrados aquella verbosidad plañidera—, lo que usted quiere es que yo vaya a ver a la paralítica y que me entere de lo que pasa…

—¡Sería un alivio para mí, queridito!


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