El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Aquella palabra, que la Sanjoaneira, en su gravedad de matrona, reservaba para la intimidad de las siestas, enterneció al canónigo. Acarició el grueso pescuezo de su viejota y prometió bondadosamente que iría a estudiar el caso…
—Mañana, que la Totó está sola —dijo entonces la Sanjoaneira.
Pero el canónigo prefería que Amélia estuviese presente. Así podría ver cómo se entendían, si había influencia del espíritu maligno…
—Esto que hago es muy de agradecer… Es por ser para quienes… Que ya me llega con mis achaques para andar ocupándome con los negocios de Satanás.
La Sanjoaneira lo recompensó con un sonoro beso.
—¡Ah, sirenas, sirenas!… —murmuró el canónigo filosóficamente.