El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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En el fondo aquel encargo le desagradaba: era una perturbación de sus hábitos, una mañana entera desperdiciada; seguro que se fatigaría teniendo que ejercitar su sagacidad; además, odiaba el espectáculo de las enfermedades y de todas las circunstancias humanas relacionadas con la muerte. Pero, en fin, fiel a su promesa, a los pocos días, la mañana en que lo habían avisado de que Amélia iría junto a la Totó, se arrastró contrariado hasta la botica de Carlos; y se instaló, con un ojo en el Popular y otro en la puerta, a la espera de que la joven cruzase hacia la catedral. El amigo Carlos estaba ausente; el señor Augusto ocupaba sus ocios sentado al escritorio, con la frente sobre el puño, releyendo su Soares de Passos; fuera, el sol ya caliente de finales de abril hacía brillar las losas del Largo; no pasaba nadie; y sólo rompían el silencio los martillazos de las obras del doctor Pereira. Amélia tardaba. Y el canónigo, después de haber considerado largo tiempo, con el Popular caído sobre las rodillas, el enorme sacrificio que hacía por su viejota, iba cerrando los párpados, prisionero ya de la modorra en aquel reposo callado del mediodía próximo… cuando entró en la botica un eclesiástico.

—¡Oh, abad Ferrão, usted por la ciudad! —exclamó el canónigo Dias saliendo de su entumecimiento.


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