El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Admiraba su sotana, su tonsura; y contándole sus desgracias, entre exclamaciones sobre la salvación de su alma y la carestía de la vida, fue conduciéndolo hasta el tercer piso, a una habitación que daba al patio de luces.

—Aquí estarás como un abad —le dijo—. ¡Y baratito!… ¡Ay! Ya me gustaría tenerte gratis, pero… ¡He sido muy desgraciada, Joãozinho!… ¡Ay, perdona! ¡Amaro! Estoy siempre con ese Joãozinho en la cabeza…

Al día siguiente Amaro buscó al padre Liset en San Luis. Se había ido a Francia. Se acordó entonces de la hija pequeña de la señora marquesa de Alegros, doña Joana, que estaba casada con el conde de Ribamar, consejero de Estado, influyente, regenerador fiel desde el 51 y dos veces ministro del reino.

Y aconsejado por su tía, después de haber tramitado su solicitud, se fue una mañana a casa de la señora condesa de Ribamar, en Buenos Aires. Un cupé esperaba a la puerta.

—La señora condesa va a salir —le dijo un criado de corbata blanca y chaqueta de alpaca, amparado en la sombra del vestíbulo, con un cigarro en la boca.


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