El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En ese momento una señora vestida de blanco asomaba por una puerta de batientes forrada de bayeta verde, sobre un escalón de piedra, al fondo del patio empedrado. Era alta, delgada, rubia, con pequeños rizos sobre la frente, gafas de oro sobre una nariz comprimida y aguda y en el mentón un pequeño atisbo de pelos blancos.
—¿Ya no me conoce, señora condesa? —dijo Amaro con el sombrero en la mano, avanzando inclinado—. Soy Amaro.
—¿Amaro? —dijo ella, como si le extrañase el nombre—. ¡Ah, Jesús, pero mira quién es! ¡Si está hecho un hombre! ¡Quién lo diría!
Amaro sonreía.
—¡Cómo iba yo a esperar que!… —continuó ella, admirada—. ¿Y ahora está en Lisboa?
Amaro le habló de su destino en Feirão, de la pobreza de la parroquia…
—Así que he venido a pedir otro destino, señora condesa.
Ella lo escuchaba con las manos apoyadas en un largo quitasol de seda clara y Amaro sentía que venía de ella un perfume de polvo de arroz y una frescura de algodones.