El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Pues no se preocupe —dijo ella—, quede tranquilo. Mi marido se ocupará de su caso. Yo me encargo de eso. Ande, venga por aquí. —Y con un dedo sobre los labios—: Espere, mañana me voy a Sintra. El domingo no. Lo mejor es dentro de quince días. De aquí a quince días por la mañana, seguro. —Y riendo con sus grandes dientes frescos—. Me parece que lo estoy viendo, traduciendo a Chateaubriand con mi hermana Luisa. ¡Cómo pasa el tiempo!

—¿Está bien su señora hermana? —preguntó Amaro.

—Sí, bien. Está en una quinta en Santarem.

Le ofreció su mano enguantada en peau de suéde con un apretón decidido que hizo tintinear sus pulseras de oro y entró en el cupé, delgada y ligera, con un movimiento que resaltó la blancura de sus faldas.

Amaro inició entonces su espera. Era en julio, en plena canícula. Por la mañana decía misa en São Domingos y el resto del día, en zapatillas y chaqueta de punto, arrastraba su ociosidad por la casa adelante. A veces iba al comedor a charlar con su tía; las ventanas estaban cerradas, en la penumbra susurraban las moscas su monótono zumbido; su tía, en un rincón del viejo canapé de mimbre, hacía croché con los anteojos encabalgados en la punta de la nariz; Amaro, bostezando, hojeaba un viejo número de Panorama.


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