El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al anochecer salía a dar un par de vueltas por O Rossio. Se ahogaba en el aire pesado e inmóvil. Por todas partes se pregonaba monótonamente: «¡Agua fresca!». En los bancos, bajo los árboles, dormitaban vagabundos con las ropas remendadas; alrededor de la plaza rodaban sin cesar, lentamente, coches de alquiler vacíos; resplandecían las luces de los cafés; y las multitudes en calma, sin rumbo, bostezando paseaban su pereza por las aceras.
Después Amaro volvía a casa y, en su habitación, con la ventana abierta al calor de la noche, tumbado sobre la cama, en mangas de camisa, descalzo, fumaba cigarros, rumiaba sus esperanzas. Le asaltaba la alegría al recordar, a cada instante, las palabras de la condesa: «Quede tranquilo. Mi marido se ocupará de su caso». Y ya se veía párroco en un bonito pueblo, en una casa con una huerta llena de coles y de lechugas frescas, tranquilo e importante, recibiendo fuentes de dulces de las devotas ricas.