El crimen del padre Amaro

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No, no la tenía. Pero como había hecho obras en el interior y la fachada estaba que daba vergüenza, había mandado darle una mano de ocre. En fin, hacía falta alguna apariencia, sobre todo en una casa que estaba al borde de la carretera, por donde pasaba todos los días el señorito de Os Poiais, un fanfarrón que se imaginaba que era el único que tenía un palacete decente en diez leguas a la redonda… ¡Sólo para fastidiar a aquel ateo! ¿No le parecía, amigo Ferrão?

El abad estaba precisamente lamentando en su fuero interno aquel sentimiento de vanidad en un sacerdote; pero, por caridad cristiana, para no contrariar al colega, se apresuró a decir:

—Está claro, está claro. La limpieza es la alegría de las cosas…

Entonces el canónigo, viendo pasar por el Largo una falda y una manteleta, fue hacia la puerta para confirmar si era Amélia. No era. Y de vuelta, metido de nuevo en su preocupación, viendo que el practicante había entrado en el laboratorio, le dijo al oído a Ferrão:

—¡Una embajada peligrosa! ¡Voy a ver a una endemoniada!

—¡Ah! —dijo el abad, serio ante aquella responsabilidad.

—¿Quiere venir conmigo, abad? Es aquí cerca…


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