El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Estás desquiciada, hija… Dime, ¿puedo casarme contigo? ¡No! Bien, ¿entonces qué quieres? Si se sabe que estás así, si tienes el hijo en casa, ¡mira qué escándalo!… Tú por lo menos estás perdida, ¡perdida para siempre! Y a mí, si se supiese, ¿qué me pasaría? Perdido también, suspendido, quizá procesado… ¿De qué pretendes que viva? ¿Quieres que me muera de hambre?

Se enterneció también con aquella idea de las privaciones y de las miserias del cura puesto en entredicho… Ah, era ella, era ella la que no lo amaba y la que, después de haber sido él tan cariñoso y tan delicado, quería pagarle con el escándalo y con la desgracia…

—¡No, no! —exclamó Amélia entre sollozos, colgándose de su cuello.

Y permanecieron abrazados, estremecidos por la misma ternura, ella mojando con su llanto el hombro del párroco, él mordiéndose el labio con los ojos enturbiados por las lágrimas.

Se desprendió suavemente, y secándose las lágrimas:

—No, querida, es una desgracia lo que nos ocurre, pero tiene que ser así. Si tú sufres, ¡imagínate yo! Verte casada, viviendo con otro… No hablemos de eso… Pero es la fatalidad, ¡es Dios quien nos la envía!


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