El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amélia recibía estas noticias con desconsuelo. Después de las primeras lágrimas, la irremediable necesidad había acabado por imponérsele, con mucha fuerza. ¿Qué le quedaba? Dentro de dos o tres meses aquel desgraciado cuerpo suyo de cintura fina y caderas estrechas no podría ocultar su estado. ¿Y qué haría entonces? ¿Huir de casa, irse a Lisboa, como la hija del tío Cegonha, para ser apaleada en el Barrio Alto por los marineros ingleses, o como la Joaninha Gomes, la que fuera amiga del padre Abilio, a recibir en la cara los ratones muertos que le tiraban los soldados? No. Entonces, tenía que casarse…
Después, a los siete meses —¡era tan frecuente!— tendría un niño legitimado por el sacramento, por la ley y por Dios Nuestro Señor… Y su hijo tendría un papá, recibiría una educación, no sería un inclusero…