El crimen del padre Amaro

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Lo único que le faltaba por saber era dónde vivía. Lo había visto en un café; pero en dos o tres días el amigo Mendes prometía informaciones precisas.

Sin embargo, la decepción de los dos sacerdotes fue muy grande cuando, a los pocos días, el amigo del canónigo le escribió que el individuo al que el policía Mendes había tomado por João Eduardo, en un café de la Baixa, basándose en señales incompletas, era un mozo de Santo Tirso que estaba en la capital haciendo oposiciones para delegado… Y había tres libras y diecisiete tostones de gastos.

—¡Diecisiete demonios! —rugió el canónigo, volviéndose furioso hacia Amaro—. ¡A fin de cuentas fue usted el que gozó, el que se refociló, y yo estoy aquí arruinando mi salud con estas andanzas y haciendo desembolsos de esta índole!

Amaro, dependiente del profesor; inclinó los hombros ante la injuria.

Pero no estaba todo perdido, gracias a Dios. ¡La Dionísia seguía husmeando!


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