El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entonces, consternado, viendo pasar los días, le escribió a su tía, pidiéndole que buscase por toda Lisboa, a ver si aparecía por allí «un tal João Eduardo Barbosa…». Recibió una carta de la tía, tres páginas garabateadas, quejándosele del Joãozinho, de su Joãozinho, que hacia de su vida un infierno, emborrachándose con ginebra hasta el punto de que no le paraba en casa ningún huésped. Pero ahora estaba más tranquila: hacía unos días el pobre Joãozinho le había jurado por el alma de su madre que de allí en adelante no bebería nada más que gaseosa. En cuanto al tal João Eduardo, había preguntado entre el vecindario y al señor Palma, del Ministerio de Obras Públicas, que conocía a todo el mundo, pero no había averiguado nada. Había, si, un tal Joaquim Eduardo que tenía una tienda de quincallería en el barrio… Y si el asunto fuese con él estaría bien, que era un hombre decente…
—¡Bobadas, bobadas! —interrumpió el canónigo, impaciente.
Entonces decidió que escribiría él. Y urgido por el padre Amaro —que no paraba de repetir lo que la Sanjoaneira y él mismo, el canónigo Dias, sufrirían con el escándalo— llegó a autorizar a un amigo suyo de la capital a que realizase los gastos necesarios para contar con la ayuda de la policía. La respuesta tardó, pero finalmente llegó prometedora y magnífica. ¡El sagaz policía Mendes había descubierto a João Eduardo!