El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Mientras, la Dionísia rastreaba por la ciudad la pista de João Eduardo. Su actividad se había puesto en marcha sobre todo cuando supo que el canónigo Dias, el ricachón, estaba interesado en la pesquisa. Y todos los días, al anochecer, se introducía cautelosamente en el portal de Amaro para informarlo de las novedades: ya sabía que el escribiente había estado al principio en Alcobaça con un primo farmacéutico; después se había ido a Lisboa; allí, con una carta de recomendación del doctor Gouveia, se había empleado en el despacho de un procurador; pero el procurador; a los pocos días, por una fatalidad, se había muerto de una apoplejía; y desde entonces el rastro de João Eduardo se perdía en la vorágine, en el caos de la capital. Había, eso si, una persona que debía de conocer su morada y sus pasos: era el tipógrafo, Gustavo. Pero desgraciadamente el tipógrafo, después de una discusión con Agostinho, se había marchado del Distrito y había desaparecido. Nadie sabía dónde estaba; por desgracia, la madre del tipógrafo no podía informarla, porque también había muerto.
—¡Oh, señores! —decía el canónigo cuando el padre Amaro le llevaba estos jirones de información—. ¡Oh, señores! ¡Pero es que en esta historia todo el mundo se muere! ¡Esto es una hecatombe!
—Usted se ríe, profesor; pero el asunto es serio. Mire que un hombre en Lisboa es una aguja en un pajar. ¡Es una fatalidad!