El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿Entiendes?… Como dice el santo Concilio de Trento, ya sabes, «nosotros atamos y desatamos». ¿Que el chico fue excomulgado?… Bueno, pues le levantamos la excomunión… Queda tan limpio como antes. No, por eso no te preocupes.
—Pero ¿de qué vamos a vivir, si perdió el empleo?
—No me dejas hablar… Se arregla lo del empleo. Lo arregla el profesor. ¡Está todo planeado, querida!
Ella no contestó, muy rota y muy triste, con dos persistentes lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Dime, ¿tu madre no desconfía de nada?
—No, por ahora no se da cuenta —respondió ella con un gran ay.
Se quedaron callados: ella limpiándose las lágrimas, serenándose para salir, él, cabizbajo, con la vista lúgubremente clavada en el suelo de la habitación, pensando en las buenas mañanas de otrora, cuando sólo había allí besos y risitas sofocadas; ahora todo había cambiado, hasta el tiempo, que estaba completamente nublado aquel día de finales de verano, amenazando lluvia.
—¿Se me nota que he estado llorando? —preguntó ella, arreglándose el pelo delante del espejo.
—No. ¿Te vas?
—Mamá me está esperando.
Se dieron un beso triste y ella se fue.