El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —No se canse. El hombre no aparece. Déjelo… No vale la pena ganarse un dolor de pecho.
Pero la DionÃsia tenÃa el pecho fuerte. Y una noche fue, triunfante, a decirle ¡que estaba en la pista del individuo! HabÃa visto por fin a Gustavo, el tipógrafo, entrando en la taberna del tÃo Osõrio. Al dÃa siguiente iba a hablar con él e iba a enterarse de todo…
Fue un momento amargo para Amaro.
Aquella boda que tanto habÃa ansiado en los primeros momentos de terror, le parecÃa ahora, que era casi segura, la catástrofe de su vida.
¡PerdÃa a Amélia para siempre!… Aquel hombre a quien él habÃa expulsado, a quien él habÃa suprimido, ¡allà venÃa, por una de esas peripecias malignas en que se complace la providencia, a llevársele legÃtimamente la mujer! Y lo encolerizaba la idea de que iba a tenerla en sus brazos, de que ella le darÃa los mismos besos fogosos que le daba a él, de que balbucearÃa «¡Oh, João!» del mismo modo que ahora murmuraba «¡Oh, Amaro!». Y no podÃa evitar la boda: todos la deseaban, ella, el canónigo, ¡hasta la DionÃsia, con su celo venal!