El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Oh, señor! —decía el canónigo—, ¡este asunto ya huele mal! ¡Casi dos meses buscando a un idiota!… Hombre, escribientes no faltan. ¡Se consigue otro!

Pero finalmente, una noche en que el canónigo había entrado a descansar en casa del párroco, apareció la Dionísia, y exclamó desde la puerta del comedor, donde los curas tomaban su café:

—¡Por fin!

—¿Qué pasa, Dionísia?

La mujer, sin embargo, no se dio prisa; incluso se sentó, con el permiso de los señores, porque venía exhausta… No, el señor canónigo no podía imaginarse los pasos que se había visto obligada a dar… El maldito tipógrafo le recordaba la historia que le contaban de pequeña, de un ciervo que estaba siempre a la vista y al que los cazadores montados en sus caballos no daban nunca alcance. ¡Una persecución igual!… Pero, finalmente, lo había atrapado… Y herido, por lo que parecía.

—¡Acabe de una vez, mujer! —gritó el canónigo.

—Pues ya está —dijo ella—. ¡Nada!

Los dos sacerdotes la miraron, confundidos.

—¿Nada qué, criatura?

—Nada. ¡El hombre se ha ido al Brasil!


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