El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro ¡Qué lágrimas cuando Amélia supo la noticia! Su honra, la paz de su vida, tantas dichas previsibles, todo perdido y hundido en las brumas del mar, ¡camino del Brasil!
Fueron las peores semanas de su vida. Iba junto al párroco, bañada en lágrimas, preguntándole todos los días qué iba a hacer. Amaro, derrotado, sin ideas, iba a ver al profesor.
—Se hizo todo lo que se pudo —decía el canónigo desolado—. Hay que aguantarse. ¡No haberse metido en ellas!
Y Amaro regresaba a Amélia con consuelos muy tristes:
—Todo se arreglará, ¡hay que tener confianza en Dios!
¡Buen momento para confiar en Dios cuando Él, indignado, la abatía a desgracias! Y aquella indecisión, en un hombre y en un cura que debería tener la fuerza y la habilidad para salvarla, la exasperaba; su cariño por él desaparecía como el agua absorbida por la arena; y quedaba un sentimiento confuso en el que, bajo el deseo persistente, ya se transparentaba el odio.
