El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Espaciaba ahora de semana en semana los encuentros en casa del campanero. Amaro no se quejaba; aquellas buenas mañanas en la habitación del tÃo Esguelhas se estropeaban por los lamentos continuos; cada beso dejaba un rastro de sollozos; y aquello lo enervaba tanto que sentÃa deseos de arrojarse también él de bruces sobre el catre a llorar toda su amargura.
En el fondo la acusaba de exagerar sus problemas, de transmitirle un terror desmedido. Otra mujer, con más juicio, no armarÃa tanto barullo… ¡Pero claro, una beata histérica, toda nervios, toda miedo, toda exaltación!… ¡Ah, no habÃa duda, habÃa sido «una burrada extraordinaria»!
También Amélia pensaba que habÃa sido «una burrada». ¡Y no haber previsto nunca que aquello podÃa suceder! ¡Vaya! Como mujer, habÃa corrido hacia el amor, toda tonta, segura de que escaparÃa… y ahora que sentÃa el hijo en las entrañas, ¡venÃan las lágrimas y los asombros y las lamentaciones! Su vida era tétrica: de dÃa tenÃa que disimular delante de su madre, aplicarse a la costura, conversar, aparentar felicidad… Y de noche la imaginación desencadenada la torturaba con una incesante fantasmagorÃa de castigos, de este y del otro mundo, miserias, abandonos, desprecio de la gente decente y llamas del purgatorio…