El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Un acontecimiento inesperado vino entonces a distraer aquella angustia que estaba convirtiéndose en un hábito morboso de su espíritu. Una noche apareció la criada del canónigo, sin aliento, diciendo que doña Josefa estaba muriéndose.
El día anterior la excelente señora se había sentido enferma, con una punzada en un costado, pero había insistido en ir a rezarle su corona a la Virgen de la Encarnación; volvió aterida, con un dolor mayor y unas décimas de fiebre; y aquella tarde, cuando llamaron al doctor Gouveia, se le había declarado una neumonía aguda.
La Sanjoaneira se apresuró a instalarse con ella como enfermera. Y entonces, durante semanas, la tranquila casa del canónigo se transformó en un tumulto de amorosas congojas: las amigas, cuando no se hallaban diseminadas por las iglesias haciendo promesas e implorando a los santos de su devoción, estaban allí permanentemente, entrando y saliendo de la habitación de la enferma con andares fantasmales, encendiendo aquí y allá lamparillas a las imágenes, torturando al doctor Gouveia con preguntas necias. De noche, en la sala, con el candil a media luz, se escuchaba por los rincones un cuchichear de voces lúgubres; y a la hora del té, entre tostada y tostada, había suspiros, lágrimas furtivamente secadas…