El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El canónigo se sentaba en una esquina, aniquilado, derrotado por aquella repentina aparición de la enfermedad y de su escenario melancólico: los frascos de medicinas llenando las mesas, las entradas solemnes del médico, las caras compungidas que van a saber si hay mejoría, el hálito febril esparcido por toda la casa, el timbre funerario que adquiere el reloj de pared en ausencia de todo ruido, las toallas sucias que permanecen durante días en el sitio en que cayeron, el anochecer de cada día con su amenaza de tiniebla eterna… Por lo demás, un sincero pesar lo postraba; hacía cincuenta años que vivía con su hermana y que recibía sus mimos; el prolongado trato había hecho que le cogiese cariño; y sus manías, sus tocados negros, sus aspavientos por la casa formaban ya parte de su propio ser… Además, ¡quién podía saber si la muerte, al entrarle en casa, para ahorrar viajes, no se lo llevaría a él también!