El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Para Amélia aquella época fue un alivio; por lo menos nadie pensaba, nadie se fijaba en ella; ni su cara triste ni los vestigios de sus lágrimas resultaban extraños en aquella situación de peligro para su madrina. Los servicios de enfermera la ocupaban: como era la más fuerte y la más joven, ahora que la Sanjoaneira estaba saturada de vigilias, era ella la que pasaba las largas noches al lado de doña Josefa; y no había entonces desvelos que no sufriese para ablandar a Nuestra Señora y al cielo con aquella caridad hacia la enferma, con vistas a merecer igual piedad cuando le llegase a ella el día de hallarse postrada en el lecho… Tenía ahora, bajo la sensación fúnebre que se respiraba en la casa, el presentimiento repetido de que moriría en el parto; a veces, sola, envuelta en su chal a los pies de la enferma, escuchando su monótono gemir, se enternecía pensando en su propia muerte, que creía segura, y se le humedecían los ojos de lágrimas, en una difusa nostalgia de sí misma, de su juventud, de sus amores… Se arrodillaba entonces junto a la cómoda, donde una lamparilla brujuleaba delante de un Cristo, proyectando sobre el papel claro de la pared una sombra distorsionada que se quebraba en el techo. Y allí se quedaba, rezando, pidiéndole a Nuestra Señora que no le negase el paraíso… Pero la vieja se movía con un ay dolorido; entonces le arrebujaba la ropa, hablándole en voz baja. Iba después a la sala a ver en el reloj si era la hora del remedio; y se estremecía a veces oyendo llegar desde la habitación contigua un pío de flautín o un ronco sonido de trombón; era el canónigo roncando.


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