El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Por fin, una mañana el doctor Gouveia declaró a doña Josefa libre de peligro. Fue una gran alegría para las señoras, segura cada una de ellas de que aquello se debía a la intervención especial del santo de su devoción. Y dos semanas más tarde hubo una fiesta en la casa cuando doña Josefa, por primera vez, apoyándose en los brazos de todas sus amigas, dio dos pasos trémulos en la habitación. ¡Pobre doña Josefa, cómo la había dejado la enfermedad! Aquella vocecita irritada, que lanzaba las palabras como flechas envenenadas, apenas era ahora un sonido agónico cuando, con un angustioso esfuerzo de la voluntad, pedía la escupidera o el jarabe. Aquella mirada siempre alerta, escrutadora y maligna, estaba ahora como refugiada en el fondo de las órbitas, temerosa de la luz, de las sombras y de los contornos de las cosas. Y su cuerpo, tan derecho antes, seco como un sarmiento, al caer ahora en el fondo del sillón, bajo la trapería de los abrigos, parecía también un trapo.
Pero el doctor Gouveia, aunque anunció una convalecencia larga y delicada, le había dicho riendo al canónigo, delante de las amigas —tras haber oído a doña Josefa manifestar su primer deseo, el deseo de acercarse a la ventana—, que con mucho cuidado, tónicos y las oraciones de todas aquellas buenas señoras, su hermana estaba todavía para tener amores…
—Ay, doctor —exclamó doña Maria—, nuestras oraciones no le faltarán…