El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Y mis tónicos tampoco le faltarán —dijo el doctor—. Así que lo que queda es alegrarnos.
Aquella jovialidad del doctor suponía para todas la certeza de una salud cercana.
Y a los pocos días, el canónigo, viendo que agosto se acercaba a su fin, habló de alquilar casa en A Vieira, como acostumbraba a hacer un año sí y otro no, para ir a tomar baños de mar. El año pasado no había ido. Éste era el año de la playa…
—Y allí mi hermana, en aquellos aires saludables del litoral, acabará de ganar fuerzas y carnes…
Pero el doctor Gouveia desaprobó la expedición. El aire del mar, muy picante y muy rico, no era conveniente para la debilidad de doña Josefa. Era preferible que fuesen a la finca de A Ricoça, en Os Poiais, un lugar abrigado y muy templado. Fue un disgusto para el pobre canónigo, que se extendió en lamentaciones. ¡Cómo! ¡Enterrarse todo el verano, la mejor época del año, en A Ricoça! ¿Y sus baños, Dios mío, y sus baños?