El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —FÃjese usted —le decÃa una noche a Amaro en su escritorio—, mire lo que yo he sufrido… Durante la enfermedad, ¡qué desgobierno, qué desorden en la casa! El té fuera de horas, ¡la comida recalentada! Y los desvelos que pasé, que hasta he adelgazado… Y ahora, cuando pensaba ir a reconstituirme a la playa, pues no señor, váyase a A Ricoça, olvÃdese de sus baños… ¡Esto es lo que yo llamo sufrir! Y menos mal que no he sido yo el enfermo. Pero soy el que las aguanta… ¡Perder mis baños durante dos años seguidos!…
Amaro, de repente, dio un puñetazo en la mesa y exclamó:
—¡Hombre, se me ha ocurrido una buena idea!
El canónigo lo miró con desconfianza, como si no creyese posible que una inteligencia humana descubriese el remedio para sus males.
—Cuando digo una buena idea, profesor, ¡deberÃa decir una idea sublime!
—Acabe, criatura…
—Escuche. Usted se va para A Vieira, y la Sanjoaneira, está claro, también se va. Naturalmente alquilan casa uno al lado del otro, como me ha dicho ella que hicieron hace dos años…
—Adelante…
—Bien. Ya tenemos a la Sanjoaneira en A Vieira. Ahora, su hermana sale para A Ricoça.
—Pero ¿cómo va a ir sola la criatura?