El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Pero había un problema feo: era irle a doña Josefa, a la rigorista doña Josefa, tan implacable con las flaquezas del sentimiento, a la doña Josefa que pedía para las mujeres frágiles las antiguas penalidades góticas —las letras marcadas en la frente con hierro candente, los azotes en las plazas públicas, los in pace tenebrosos—, irle a doña Josefa ¡y pedirle que fuese cómplice de un parto!

—¡Mi hermana va a dar alaridos! —dijo el canónigo.

—Ya veremos, profesor —replicó Amaro repantigándose y balanceando la pierna, muy seguro de su prestigio devoto—. Ya veremos… Yo hablaré con ella… Y cuando le haya contado cuatro cuentos… Cuando le haya dicho que es para ella un caso de conciencia encubrir a la pequeña… Cuando le recuerde que debe hacer alguna buena acción en las vísperas de la muerte para no presentarse a las puertas del paraíso con las manos vacías… ¡Ya veremos!

—Tal vez, tal vez —dijo el canónigo—. La ocasión es buena, porque mi pobre hermana tiene el juicio debilitado y se lleva como un niño.

Amaro se levantó, frotándose animadamente las manos.

—¡Pues hay que poner manos a la obra! ¡Manos a la obra!


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