El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Y es necesario no perder tiempo, porque el escándalo estalla. Mire que esta mañana, en casa, el animal del Libaninho se puso a bromear con la chica, diciéndole que estaba gorda de cintura…
—¡Oh, qué imbécil! —rugió el párroco.
—No, no sería por malicia. Pero que la chica ha engordado es un hecho… Con este lío de la enfermedad nadie ha tenido ojos para ella… Pero ahora pueden fijarse… ¡Es serio, amigo, es serio!
Por eso, a la mañana siguiente, Amaro fue a hacer, según la expresión del canónigo, «el gran abordaje de su hermana».
Antes, sin embargo, en el escritorio, le explicó en voz baja su plan al profesor. Primero iba a decirle a doña Josefa que el canónigo ignoraba totalmente el desastre de Améliazinha y que él, Amaro, lo sabía no bajo secreto de confesión, pues en ese caso no podría revelarlo, sino por las confidencias íntimas que le habían hecho los dos: Amélia ¡y el hombre casado que la había seducido!… El hombre casado, ¡si!… Porque había que demostrarle a la vieja que era imposible una reparación legítima…
El canónigo se rascaba la cabeza, descontento:
—Eso no está bien pensado —dijo—. Mi hermana sabe perfectamente que no iban hombres casados por la Rua da Misericórdia.