El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿Y Artur Couceiro? —exclamó Amaro, sin escrúpulos.
El canónigo se echó a reír, con ganas. El pobre Artur, desdentado, cargado de hijos, con sus ojos de carnero triste, ¡acusado de corromper vírgenes!… ¡No, eso era demasiado!
—¡No pega, amigo párroco, no pega! Otro, otro…
Entonces, súbitamente, salió de labios de ambos el mismo nombre: ¡Fernandes, Fernandes el de la tienda de telas! ¡Un hombre guapo, al que Amélia admiraba mucho! Siempre que salía pasaba por su tienda; hacía dos años incluso se habían indignado en la Rua da Misericórdia con la osadía de Fernandes, ¡que había acompañado a Amélia por la carretera que iba de Os Marrazes hasta O Morenal!
No se le decía explícitamente a la hermana, ya se sabe, pero se le daba a entender que había sido Fernandes.