El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y Amaro subió rápidamente a la habitación de la vieja, que estaba encima del escritorio. Estuvo allí media hora, una larga, una pesada media hora para el canónigo, que no podía oír más que el rechinar de las suelas de Amaro o la tos cavernosa de la anciana… Y durante su habitual paseo por el escritorio, de la librería a la ventana, con las manos a la espalda y la caja de rapé entre los dedos, iba considerando cuántas molestias, cuántos gastos le acarrearía todavía «aquel divertimento del señor párroco». Tenía que mantener a la muchachita en la finca durante cinco o seis meses… Después el médico, la comadrona, que naturalmente pagaría él… Después algún ajuar para el pequeño… ¿Y qué se iba a hacer con el pequeño?… En la ciudad, el Hospicio había desaparecido; en Ourém, como los recursos de la beneficencia eran escasos y la afluencia de expósitos escandalosa, habían colocado un hombre a la puerta del hospicio para hacer preguntas y poner problemas; había indagaciones sobre la paternidad, restituciones de niños; y la autoridad, astuta, combatía el exceso de abandonos con el miedo a la vergüenza.