El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro En suma, el pobre profesor veía ante sí una gran barrera de dificultades, suficientes para quitarle la tranquilidad y estropearle la digestión… Pero, en el fondo, el excelente canónigo no se enfadaba; siempre había tenido hacia el párroco un afecto de antiguo profesor, hacia Amélia lo inclinaba una debilidad mitad paternal, mitad lúbrica; e incluso sentía ya por «el pequeño» una vaga condescendencia de abuelo.
La puerta se abrió y apareció el párroco, victorioso.
—¡Todo a las mil maravillas, profesor! ¿Qué le decía yo?
—¿Ha aceptado?
—Todo. No ha sido sin dificultad… Al principio se ofendía. Le he hablado del hombre casado… Que la chica estaba perdiendo el juicio, que se quería matar. Que si ella no consentía en encubrir la cosa, sería responsable de una desgracia… Recuerde la señora que está con un pie en la tumba, que Dios puede llamarla de un momento a otro y que, con ese cargo de conciencia, ¡no habrá cura que le dé la absolución!… ¡Mire que muere como un perro!
—En definitiva —dijo el canónigo, dando su aprobación—, le ha hablado con prudencia…
—Le he dicho la verdad. Ahora se trata de hablar con la Sanjoaneira y de llevarla a A Vieira cuanto antes…