El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Otra cosa, amigo —interrumpió el canónigo—. ¿Ha pensado usted en el destino que se ha de dar al fruto?
El párroco se pasó la mano por la cabeza, con fastidio.
—Ah, profesor… Ése es otro problema… Me tiene muy preocupado… Naturalmente, habrá que dárselo a criar a alguna mujer, lejos, por Alcobaça o por Pombal… ¡Lo mejor, profesor, sería que la criatura naciese muerta!
—Sería un angelito más —murmuró el canónigo inspirando su pulgarada.
Aquella noche habló con la Sanjoaneira de la marcha para A Vieira, abajo en la salita, mientras ella preparaba platitos del dulce de membrillo que secaban aquellos días para la convalecencia de doña Josefa. Comenzó diciendo que había alquilado la casa del herrero…
—¡Pero si eso es un nicho! —exclamó ella—. ¿Dónde voy a meter a la pequeña?
—Ahí está la cosa. Es que Amélia esta vez no va a A Vieira.
—¿No va?
Entonces el canónigo le explicó que su hermana no podía ir sola a A Ricoça y que había pensado mandar con ella a Amélia. Era una espléndida idea que se le había ocurrido esa misma mañana.