El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Yo no puedo ir, tengo que tomar mis baños, usted ya sabe… La pobre de Cristo no puede quedarse allí sola, con una criada. Por lo tanto…
La Sanjoaneira guardó un silencio entristecido.
—Eso es verdad. Pero mire, para hablarle con franqueza, me cuesta mucho dejar a la pequeña… Si pudiese pasar sin los baños, iba yo.
—¡Cómo que iba usted! Usted se viene para A Vieira. No voy a quedarme yo solo allá… ¡Qué ingrata, qué ingrata!… —Y adoptando un tono muy serio—: Vamos a ver, Josefa tiene un pie en la tumba. Ella sabe que lo mio a mí me llega. Le tiene cariño a la pequeña, es su madrina; si va ahora a cuidarla en la enfermedad, a pasar unos meses allí sola con ella, se la mete en el bolsillo. Mire que mi hermana aún vale un par de miles de cruzados. La pequeña puede hacerse con una buena dote. No le digo más…
Y la Sanjoaneira estuvo de acuerdo…, ya que era la voluntad del señor canónigo.
Arriba Amaro estaba contándole rápidamente a Amélia «el gran plan», la escena con la vieja: que ella se había mostrado inmediatamente dispuesta, pobrecita, rebosante de caridad, queriendo incluso contribuir para el ajuar del pequeño…
—Puedes confiar en ella, es una santa… Así que está todo arreglado, querida. Es cosa de estar metida cuatro o cinco meses en A Ricoça.