El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Era eso lo que hacía lloriquear a Amélia; perder el verano en A Vieira, ¡la diversión de los baños!… ¡Ir a enterrarse un verano entero en aquel siniestro caserón de A Ricoça! La única vez que había ido allí, un día al atardecer, había quedado temblando de miedo. Todo tan oscuro, unos ecos tan cóncavos… Estaba segura de que iba allí a morirse, en aquel destierro.
—¡Qué tontería! —dijo Amaro—. Hay que darle gracias a Dios por haberme inspirado esta idea salvadora. Además tienes a doña Josefa, tienes a Gertrudes, la huerta para pasear… Y yo iré a verte todos los días. Hasta te va a gustar, ya verás.
—En fin, ¿qué le vamos a hacer? Hay que aguantarse. —Y con dos gruesas lágrimas en los párpados, maldecía íntimamente aquella pasión que sólo le producía amarguras y que ahora, cuando toda Leiría se iba para A Vieira, la obligaba a ella a ir a encerrarse en la soledad de A Ricoça, a oír toser a la vieja y a los perros aullar en la finca… ¿Y su mamá, qué diría su mamá?
—¿Qué va a decir? Doña Josefa no puede ir a la quinta sola, ¡sin una enfermera de confianza! No te preocupes. El profesor está ahí abajo trabajándola… Y yo me voy a hablar con ella, que ya llevo demasiado tiempo aquí solo contigo y estos días hay que andarse con cuidadito…