El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Bajó precisamente cuando el canónigo subía y ambos se encontraron en la escalera.

—¿Qué? —preguntó Amaro al oído al profesor.

—Todo arreglado. ¿Y por ahí arriba?

—Idem.

Y en la oscuridad de la escalera los dos curas se estrecharon la mano en silencio.

A los pocos días, después de una escena de llantos, Amélia partió con doña Josefa para A Ricoça, en un char á bancs.

Habían arreglado con cojines un rinconcito cómodo para la convaleciente. El canónigo la acompañaba, furioso por aquella molestia. Y la Gertrudes iba sobre un cojín, ensombrecida por la montaña que erigían sobre el tope del vehículo los baúles de cuero, las cestas, las cajas de lata, las maletas con ropa, las bolsas de tela, la canastilla del gato y un fardo atado con cuerdas que contenía los cuadros de los santos más queridos por doña Josefa.

El fin de semana siguiente tuvo lugar el viaje de la Sanjoaneira hacia A Vieira, de noche, por el calor La Rua da Misericórdia estaba atrancada por el carro de bueyes que transportaba la loza, los catres, el utillaje de cocina; y en el mismo char á bancs que había ido a A Cortegaça iban ahora la Sanjoaneira y la Ruça, que también llevaba en el regazo una canastilla con el gato.


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