El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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El char á bancs partió. Y por el mismo camino por el que se fue rodando, se fue Amaro andando despacio hasta la carretera de A Figueira. Eran las nueve y había salido ya la luna de una noche cálida y serena de agosto. Una tenue neblina luminosa suavizaba el paisaje silencioso. Aquí y allá sobresalía, brillando, la fachada de alguna casa, iluminada por la luna, entre las sombras de la arboleda. Junto al puente se detuvo a mirar con melancolía el río, que discurría sobre la arena con un murmullo monótono; en las zonas donde se inclinaban los árboles había oscuridades cerradas; y, más adelante, una claridad temblaba sobre el agua como un tejido de filigrana brillante. Allí se quedó, en aquel silencio que lo tranquilizaba, fumando cigarrillos y arrojando las colillas al río, sumido en una tristeza difusa. Después, cuando dieron las once, regreso a la ciudad, pasó por la Rua da Misericórdia enterneciéndose con los recuerdos: la casa, con las ventanas cerradas, sin los visillos, parecía abandonada para siempre; las plantas de romero habían quedado olvidadas en una esquina de la ventana… ¡Cuántas veces Amélia y él se habían asomado a aquel balcón! Había entonces allí un clavel fresco y, charlando, ella le arrancaba una hoja, la mordisqueaba con los dientecitos. ¡Ahora todo había acabado! Y en la iglesia de la Misericõrdia, al lado, el ulular de las lechuzas en medio del silencio le producía una sensación de ruina, de soledad y de final eterno.


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