El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Fue andando hacia su casa, despacio, con los ojos nublados por las lágrimas.
La criada apareció en la escalera diciéndole que el tío Esguelhas, muy apenado, había ido a buscarlo dos veces, alrededor de las nueve. La Totó estaba muriéndose y sólo quería recibir los sacramentos de manos del señor párroco.
Amaro, a pesar de la repugnancia supersticiosa que sentía por tener que volver así, aquella noche, por un motivo tan triste, al lugar de los felices recuerdos de su amor, fue, para complacer al tío Esguelhas; pero le impresionaba aquella muerte, que coincidía con la marcha de Amélia y que era como si completase la súbita dispersión de todo cuanto hasta aquel momento le había interesado o se había incorporado a su vida.
La puerta de la casa del campanero estaba entreabierta, y en la oscuridad de la entrada se encontró con dos mujeres que salían suspirando. Después fue directamente a la alcoba de la paralítica; dos grandes velas de cera, traídas de la iglesia, ardían sobre una mesa; una sábana blanca cubría el cuerpo de la Totó; y el padre Silvério, sin duda avisado por estar de semana, leía el breviario, con el pañuelo sobre las rodillas y sus grandes anteojos en la punta de la nariz. Se levantó apenas vio a Amaro.