El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Ah, colega —dijo en voz muy baja—, han estado buscándolo por todas partes… La pobre de Cristo lo quería a usted… Yo, cuando han ido a buscarme, salía a jugar la partida a casa de Novais. La partida del sábado… ¡Qué escena! Ha muerto en la impenitencia, como en los libros. Cuando me vio a mi y supo que usted no venía, ¡qué espectáculo! Hasta tuve miedo de que me escupiese en el crucifijo…

Amaro, sin decir una palabra, levantó una punta de la sábana, pero inmediatamente la dejó caer de nuevo sobre el rostro de la muerta. Después subió a la habitación en la que el campanero, tumbado en la cama, vuelto hacia la pared, sollozaba desesperado; estaba con él otra mujer, que se mantenía en un rincón, muda e inmóvil, mirando al suelo, en el difuso aburrimiento que le producía aquel pesado deber de vecina. Amaro tocó el hombro del campanero, le habló:

—Hay que tener resignación, tío Esguelhas… Son designios del Señor… Para ella hasta es una felicidad.

El tío Esguelhas se volvió; y reconociendo al párroco entre el velo de lágrimas que le inundaba los ojos, le cogió la mano, quiso besársela. Amaro retrocedió.

—¿Entonces, tío Esguelhas?… Dios es misericordioso y tendrá en cuenta su dolor…


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