El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Él no lo escuchaba, sacudido por un llanto convulso, mientras la mujer, muy tranquilamente, se limpiaba ahora una esquina del ojo, ahora la otra.
Amaro bajó; y para aliviar al buen Silvério de aquel servicio extraordinario, ocupó su sitio junto a la vela, con el breviario en la mano.
Allí permaneció hasta tarde. La vecina, al salir, fue a decirle que el tío Esguelhas se había quedado dormido, y ella prometía volver con la amortajadora tan pronto amaneciese.
Toda la casa quedó entonces en aquel silencio que la vecindad del vasto edificio de la catedral hacía parecer más tétrico; sólo de vez en cuando un búho ululaba débilmente en los contrafuertes, o el grueso bordón daba los cuartos. Y Amaro, asaltado por un temor indefinido, pero preso allí por una fuerza superior de la conciencia sobresaltada, apuraba sus oraciones… A veces el libro le caía sobre las rodillas; y entonces, inmóvil, notando detrás la presencia de aquel cadáver cubierto por la sábana, recordaba, en un contraste amargo, otras horas en que el sol bañaba el patio, las golondrinas revoloteaban, y él y Amélia subían riendo a aquella habitación donde ahora, sobre la misma cama, el tío Esguelhas dormitaba entre sollozos apenas contenidos…