El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Sólo le quedaba, a través de su sentimentalidad, un tremendo apetito. Y como la cocinera era excelente y doña María da Assunção, antes de su marcha a A Vieira, le había dejado un encargo de ciento cincuenta misas a cruzado cada una, se banqueteaba, tratándose con gallina y mermelada, regándose con un estimulante vino de Bairrada elegido por el profesor. Y allí se quedaba, sentado a la mesa, olvidado del tiempo, la pierna estirada, fumando cigarros después del café y lamentando no tener a mano a su Améliazita…
—¿Qué hará por allá, la pobre Améliazita? —pensaba, desperezándose aburrido y lánguido.
La pobre Améliazita, en A Ricoça con una cama de dosel y dos sillas de cuero, lloró toda la noche con la cabeza enterrada en la almohada, torturada por un perro que, sin duda extrañado por las luces y el movimiento en la casa, aulló hasta la madrugada debajo de su ventana.